OTRA VOZ EN LA IGLESIA
Hans Küng sí es teólogo católico
En estos tiempos de pragmatismo mercantilista y formalismo democrático, fruto de la globalización neoliberal, es de agradecer el interés que demuestra el Sr. Rafael Termes (El País, 29-12.03) por la suerte de la Iglesia. No es él, según reconoce, "un experto en eclesiología", pero su celo le lleva a advertir públicamente "que nadie se deje engañar" por opiniones particulares que contradigan la doctrina oficial de la Iglesia en materia de dogma y moral. A este engaño conduce, a su juicio, el profesor H. Küng, "cuya formación teórica no se discute", pero que con sus planteamientos ha obligado a la Comisión Vaticana para la Doctrina de la Fe -presidida primeramente por el cardenal Seper y luego por el cardenal Ratzinger, "gran inquisidor" (según Küng)- "a declarar que (H. Küng) no puede ser considerado como teólogo católico y que no puede ejercer como tal el oficio de enseñar". Sorprendente declaración ésta sobre una persona que, como el profesor Küng, fue asesor del cardenal Suenens durante el Vaticano II y que, a través de su enorme producción teológica (cerca de 50 libros publicados en castellano) es considerado como uno de los teólogos más relevantes e influyentes del pensamiento cristiano de la segunda mitad del siglo XX.
Del escrito, ilustrado y pedagógico, del Sr. Termes nos llaman particularmente la atención algunos detalles, como los paradigmas o ejemplos en los que pretende visualizar su pensamiento, el estatuto del teólogo católico y la misma imagen de Iglesia que a lo largo de todo el escrito refleja.
En primer lugar, el paradigma del futbolista profesional, con el que ilustra su visión del teólogo católico, nos parece que hubiera podido ser más certero si se hubieran destacado la habilidad y destreza, la técnica y la capacidad del futbolista para jugar en equipo. Contrariamente, el Sr. Termes sólo ve en él actitudes pasivas como la "necesidad de aceptar y cumplir las instrucciones del entrenador o del capitán del equipo". Y esto de tal manera desvirtúa el paradigma que, referido al teólogo católico, puede acabar convirtiéndolo más en un robot teledirigido que en un fino analista y desvelador de los signos de los tiempos. El segundo ejemplo, el sometimiento ejemplar del profesor Gottlieb Söhngen a "la mayor sabiduría" de la Iglesia jerárquica contra su propia opinión –cuyo ejemplo desearía de buena fe ver el Sr. Termes en el profesor Hans Küng-, tampoco agota la ejemplaridad del teólogo en la Iglesia cristiana. La historia nos ofrece otros muchos comportamientos de teólogos y científicos cristianos que, sin pretender quebrar la comunión eclesial, han contribuido a hacer un poco más plausible la adhesión a la fe, manteniendo una respetuosa disidencia frente a la posición oficial. En más de una ocasión, la Iglesia jerárquica ha tenido que enmendar la plana a los celos intolerantes y justicieros del pasado, rehabilitando a los Galileos y Luteros que han decidido pensar no al dictado de las jerarquías del momento, sino con su propia cabeza. El mismo Papa actual, Juan Pablo II, podría aleccionar en este punto al Sr. Termes.
Por otra parte, nos llama poderosamente la atención el particular estatuto científico-pedagógico que el Sr. Termes concede al teólogo en la Iglesia católica. Se trata de un estatuto que, respondiendo a la antigua división de la Iglesia en "docente" y "discente", lo capacita para investigar el contenido de la Revelación para enseñarlo luego al pueblo fiel. Pero su libertad de investigación acaba al pie de "los límites marcados por su fidelidad al magisterio"; su campo de investigación se ubica, además, exclusivamente en el pasado (escritura y tradición), o en el interior de la propia Iglesia (doctrina y costumbres). El difícil presente y futuro de la fe están ausentes del horizonte de sus preocupaciones. En terminología del teólogo Karl Rahner, se mueve en una imagen de Iglesia similar a un "sistema cerrado", donde todo queda referido a un punto interior al sistema, a la jerarquía. Es de lamentar que, en este caso, se olvide el Sr. Termes de que hubo una vez un concilio en la Iglesia, el Vaticano II, que, inspirado en el Evangelio, se atrevió a imaginarla –como aparece en sus grandes constituciones Lumen Gentium y Gaudium et Spes- no como un sistema cerrado, verticalista y piramidal, sino como una comunidad o "sistema abierto", donde todo está referido a un punto exterior a la misma. Este punto exterior es el Espíritu que sopla donde quiere y cuando quiere, y, ante el cual, las personas y los servicios -incluso el de la misma jerarquía- están en obediencia. En este sistema abierto, el teólogo cristiano aparece inmerso en el seno de una comunidad que trata de descifrar, a la luz del Espíritu, los desafíos y nuevos signos los tiempos. Como miembro de tal comunidad, también el teólogo intenta descubrir el rostro de Dios que emerge velado entre la hojarasca de los nuevos acontecimientos. Esta función del teólogo, eminentemente creativa y profética, poco tiene que ver con el acartonado papel que juega en un sistema cerrado que lo convierte en mero correo de transmisión del magisterio.
Telegráficamente nos referimos a los tres motivos que, según el Sr. Termes, fueron causa de la condena de H. Küng para expresar nuestro rechazo a estos gestos de autoritarismo contra la sensibilidad y inteligencia de la fe. También, para expresar ardientemente que la jerarquía católica vaya abandonado este lenguaje que tanto desafecto le crea dentro y tanta incredulidad genera hacia fuera. Porque hablar hoy día de "infalibilidad jerárquica" desligada del Pueblo de Dios que, según el Vaticano II, es el primer analogado, no parece que sea el mejor camino hacia la verdad; o considerar sin más a los obispos como "auténticos doctores " en materia de fe y costumbres puede levantar nuevos conflictos con la razón y la historia; o referirse, finalmente, a la Eucaristía, sin contar para nada con el sacerdocio común de todos los bautizados, imposibilita su comprensión teológica y hace muy difícil de entender el mandato de Jesús de hacerla en su memoria.
Necesitamos, como bien dice el Sr. Termes, recuperar "el sentido común", que en la Iglesia no tiene que ver sólo con el particular sentido de la jerarquía, sino justamente con el "sensus fidelium" de todo el Pueblo de Dios. En la recuperación de este sentido, alentado por el único Espíritu, todos los servicios y funciones en la Iglesia -desde el servicio del teólogo y el jerarca hasta el más humilde de los fieles- tienen su parte y responsabilidad. Ninguno puede abrogarse partidístamente lo que es misión y responsabilidad de todos. Ante esta tarea, que devuelve al Espíritu el protagonismo en la Iglesia y desvela un signo de Dios en el mundo no caben, como hemos aprendido del profesor Küng, las dejaciones y dogmatismos que creemos ver en el escrito del Sr. Termes.
Comunidad Universitaria Santo Tomás de Aquino´04
Para contactar: Evaristo Villar (tel. 91 447 23 60)