LAICIDAD -  IGLESIA – SOCIEDAD

                         

 

1. ¿Cuál es el tema? ¿De qué hablamos?

            Es lo primero, saber de qué tratamos, para evitar la dispersión y la mezcla de temas. Hemos de aludir todos a un mismo tema, y aún así, nos costará aclararnos porque una misma palabra puede tener varios significados o cada uno puede darle un significado distinto.

            La confusión es lo que impera, a veces por falta de  lógica y a veces por falta de querer emplear esa lógica. Intereses ocultos aconsejan muchas veces huir de la lógica.

 

2. El tema es la laicidad

            Pues bien. Nosotros nos vamos  a ocupar de la laicidad, en relación con la sociedad y la Iglesia, pues  es en ellas  donde sólo    existe. Laicidad no es lo mismo que laicismo, como no es lo mismo secularidad que secularización o que secularismo.

 

Definición de laicidad

            Para ir centrándonos un poco en el tema, daría  de entrada esta definición: “Laicidad es la condición de laico; y laico proviene de laos que significa pueblo, miembro por tanto de un pueblo,  sea éste  aldea, villa o ciudad; habitante de un  lugar y, en consecuencia,  miembro de la comunidad en que vive ”.

            Simplificando: la palabra laicidad se aplica a quien es miembro de una comunidad, que puede vivir en un lugar o en otro, el lugar puede cambiar, pero en todos es  miembro, socio comunitario, que desarrolla su vida con otros. Por lo mismo, la laicidad es intrínseca a toda persona, pues le acompaña como atributo que le hace apta para relacionarse y convivir comunitariamente. A través de la laicidad yo me revelo, y los demás se me revelan a mí, en mi condición de persona.

Esta coparticipación de sujetos en una misma naturaleza personal es lo que nos da, además de identidad individual intransferible, identidad colectiva solidaria. Nuestra común dignidad, nuestros comunes derechos humanos, es la unión de la dignidad y derechos de cada uno. Todos en uno.

 

El diagnóstico que hoy se hace la laicidad

 

Aclaradas las palabras, veamos cómo se ve hoy y analiza el tema.

. Desde la perspectiva eclesiástica dominante.

Sintéticamente se dice lo siguiente:

- Hay un intento de marginar a la religión y a la Iglesia, de privarle de derechos que le son propios, de desprestigiarla. Hay incluso un intento de desterrar a Dios de la sociedad. Como consecuencia, asistimos a  un desmoronamiento de los principios y valores cristianos. Este intento de marginación es manifiesto en casi todas las leyes promulgadas por el Gobierno Socialista, por lo que han sido objeto de impugnación y de rechazo mediante movilizaciones populares.

- Este  intento tiene su origen y cobra fuerza en el revisionismo producido en nuestro país después del concilio y  de la transición democrática. Fuerzas teológicas progresistas, críticas y secularizantes, se unieron a otras fuerzas políticas de izquierda, que se apoyaron y favorecieron mutuamente.  Estos cristianos progresistas se equivocaron  confundiendo el verdadero progreso  con una Iglesia colonizada y sometida a tendencias revisionistas políticas. Todo lo cual ha provocado un debilitamiento  de los valores cristianos y un abandono progresivo de las prácticas  y de los principios morales.

-  Ciñéndonos más al momento presente, podemos leer este análisis concreto: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco  inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación, no estamos dando respuesta a la dureza y exigencias de la situación. Somos una Iglesia poco estimada, bastante privatizada, culturalmente desestimada, con poca influencia, crecientemente marginada. Somos una Iglesia bastante silenciada. Se puede decir que el laicismo alcanza el poder  y consigue su objetivo sobreponiéndose  al dominio de los católicos , en la IIª República, liberal y revolucionaria a un tiempo.Más recientemente, el laicismo  vuelve a resurgir en los últimos años del franquismo y en los meses de transición. Con el Gobierno Zapatero, la aconfesionaldiad  (Cons. Art. 16)  se quiere interpretar  en el sentido de un laicismo excluyente que no aparece en nuestra Constitución. Se pretende imponer el laicismo estricto  como ideología dominante y excluyente. Según esta mentalidad, en la actualidad tendríamos que empalmar  con la legitimidad democrática de la II República  saltándonos más de setenta años de historia.

¿Qué piensan  y expresan hoy los socialistas?

Las religiones monoteístas son incompatibles con la democracia, la convivencia democrática debe edificarse sobre principios éticos comunes sin ninguna referencia religiosa, la base de la democracia no tienen ninguna ley moral objetiva vinculante, la moral debe ser consesuada. Por todos o la mayor parte.

Me inclino a pensar que la ideología vigente del PSOE  y equipo del Gobierno es un laicismo romántico y radical, que históricamente se elabora a partir del antifranquismo, se quieren ahora recuperar las clasificaciones de antaño, las derechas son franquistas y solo las instituciones  y las personas izquierdas  son verdaderamente democráticas,  Como no podía ser menos , se desconcoe la contribución histórica  de la Iglesia al advenimiento  de la democracia, se la presenta como aliada del franquismo , fuente de sentimientos autoritarios y en consecuencia incompatible con una verdadera democracia.  No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego  no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas  cuestiones morales discutibles.  Lo que estamos viviendo , quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo  de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián,  Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 –III- 2007).

 

3. Laicidad y religión, un nuevo planteamiento: del conflicto a la convergencia.

El tema de la laicidad, hoy tan controvertido, viene como es obvio de lejos. Proyectado sobre un escenario, tiene  un pasado, un presente y un futuro.

            Para situarnos en ese escenario, y descifrarlo, voy a levantar el telón  con un texto fundamental del   concilio Vaticano II. Estamos en el año 1965. Tras debates y muchas modificaciones, el 7 de diciembre, la víspera del fin del concilio, se aprobaba la Declaración “Dignitatis humanae” sobre la libertad religiosa: 2151 votos a favor, 70 en contra. El texto básico proclama: “Este Sínodo Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares, como por parte de grupos sociales y de cualquier potestad humana. Y esto de tal manera que en lo religioso nose  obligue a nadie  a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara además que el derecho a la libertad religiosa  está realmente fundado en la dignidad misma de la  persona humana , tal como se conoce por la palabra de Dios revelada y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana  a la libertad religiosa se debe reconocer en el ordenamiento  jurídico de la sociedad, de forma que se convierta en un derecho civil... Este derecho , que supone la libertad psicológica y la inmunidad de coacción externa, permanece también en quienes no cumplen  con la obligación de buscar la verdad  y darle su adhesión; y no se puede impedir su ejercicio , con tal que se guarde el justo orden público” (DH, 2).

            Proclamación de hace  40 años, y que pertenece  al mundo presente, y es vista como natural.

Pero veamos las proclamaciones de tiempos pasados respecto a este punto. Papas como Pio VI en su encíclica Quod aliquantum,  en 1791; Gregorio XVI en su encíclica Mirari vos en  1832; Pio IX  en el Syllabus en  1864;  León XIII  en su encíclica Libertas en 1888; y el  Pio X en su encíclica Vehementer en 1906; afirman de una u otra manera que  “los hombres no son iguales y libres”, que la “libertad de conciencia” es un error venenosisímo,  que la “Libertad de conciencia” es poco menos que un delirio,  que “la libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto no son  derechos concedidos por la naturaleza al hombre”.

Los actores de un momento y otro  son los mismos, pertenecientes a la Iglesia católica, pero las proclamaciones son  totalmente distintas.

Esta contraposición no surge al azar. Tiene su explicación, es decir, unas causas que la sustentan.

 

1. Los presupuestos del pasado

            Son muy sencillos. Durante siglos y siglos, el cristianismo en la cultura occidental:

1.      Esta cohesionado bajo un régimen llamado de Cristiandad, en el que:

a.       Había una unidad entre Iglesia y Estado, dentro de la cual el Estado, representante de la sociedad y de los valores  temporales, estaba subordinado a la Iglesia. La Iglesia, expresión y garantía de los valores espirituales, tenía  autoridad suprema en todos los niveles. El Estado protegía y difundía los bienes de la fe, y la Iglesia amparaba y justificaba la política de los Estados. Era una colaboración mutua, de Estado confesional e Iglesia aliada de la política.

b.       Simultáneamente la Iglesia proclamaba que la religión católica era “la única verdadera”: Extra eclesiam nulla est salus. Cito no más que un texto emblemático del siglo XV, concretamente del concilio de Florencia, 1452 “ “Este concilio declara firmemente creer, profesar y enseñar que ninguno de aquellos  que se encuentran fuera de la Iglesia  católica, no sólo los paganos, sino también los judíos,  los herejes y los cismáticos , podrán participar  en la vida eterna. Irán al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 4) a menos que antes del término de su vida  sean incorporados  a la Iglesia.... Nadie , por grandes que sean sus limosnas, o aunque derrame la sangre pro Cristo, podrá salvarse si no permanece en el seno y la unidad de la Iglesia católica” ( DS 1351).

      En consecuencia, las otras religiones eran falsas, no tenían derecho a existir, a profesarse individualmente ni organizarse públicamente. Como error que eran, debían combatirse, prohibirse y obligar a sus adeptos a convertirse al cristianismo

             

           Han pasado más  40 años del concilio. Todo parecía prever una progresiva asimilación de la doctrina conciliar.  Pero, no; la asimilación se paró y comenzó más bien la desactivación. Dicha desactivación coincide con una etapa de la sociedad española en que ésta camina  hacia vías más democráticas  y en la que el valor religioso se reduce cada vez más a lo cultual y ritual. El componente ético-profético del quehacer religioso se paraliza y se va descafeinando como impropio del mensaje de Jesús. Creo que ha ganado terreno  un tipo de religiosidad intimista, sacral,  que se desenvuelve en los recintos verticales del santuario y  de la propia conciencia.         

 

2.  Factores explicativos de esta situación

            Este fenómeno parece demostrar lo que muchos hace años sospecharon: la gesta del Vaticano II había sido  proyectada por  peritos y, ciertamente,  por un fuerte impulso interior eclesial. Pero, las mayorías de nuestros cristianos -el llamado Pueblo de Dios- estaba troquelado por la teología de Trento. Lo que estamos viendo ahora demuestra  hasta qué punto los presupuestos de Trento estaban en la raíz y los del Vaticano II se quedaron  en la superficie. Se afirmó que el Vaticano II fue  tumba del “régimen de cristiandad” , pero un régimen labrado  durante siglos no se desmonta en breve ni  se sustituye por otro tan fácilmente.

Tres serían los factores que , a mi modo de ver,  han dificultado sino cerrado el camino hacia la laicidad en  la Iglesia católica española .

 

. La ideología del nacionalcatolicismo (1938-1978)

          Muchas de las polémicas actuales se resuelven en el acto si analizamos el contexto histórico del que derivan. 

           Durante 40 años ha sido predominante entre nosotros la ideología del nacional catolicismo. Tal ideología se ha caracterizado por su alianza con el poder político. Iglesia y Estado convergían y se apoyaban mutuamente  para hacer real un proyecto que asegurase la unanimidad cultural y religiosa.  Era una alianza  de ambos, como vencedores y excluyentes, con el  poder  de determinar qué otras ideologías o cosmovisiones no eran compatibles con lo “nacional” y lo “católico”. Surgía , entonces, la represión cultural, política y religiosa.

             Debido a esta alianza, la Religión católica tuvo en toda la situación del régimen de cristiandad y más cerca en la nuestra del nacionalcatolicismo   una primacía casi absoluta en la vida pública:  determinaba en gran parte  la regulación ética, jurídica y política de la sociedad.    

 

 

. La  hegemonía de una Iglesia clerical

            La Cristiandad se había articulado teniendo como eje de configuración el clero. El clero era el sujeto activo y dominante, dotado de una superioridad incuestionable, que le confería una misión espiritual universal sobre la sociedad, el mundo y los Estados. Fue en el siglo IV cuando la Iglesia católica, convertida en religión oficial del imperio por obra de Constantino, dio un giro espectacular.

            Esta figura de Iglesia no surgió del Evangelio, era una institución más bien imperialista, que justificaba la desigualdad y, al ser cuestionada por las nuevas ideas, se atrincheraba en sí misma para defender su superioridad y privilegios. Esta mentalidad fue cuestionada y renovada por el Vaticano II. Pero, no ha sido ni mucho menos superada.. Son seguramente muchos los católicos que sostienen que la salvación está sólo dentro de la Iglesia católica, que el monopolio del saber espiritual y moral  está en exclusiva en la Iglesia católica  y que los valores del mundo no sirven para nada si no llevan la marca religiosa.

 

. Recaída en la dicotomía  de lo profano-sagrado

               En este sentido, creo importante señalar cómo en lugar de avanzar hacia una visión unitaria de la vida cristina, hemos recaído en la vieja visión dualista. Arrastramos una teología  que construye la salvación al margen  del hombre,  como si ella le viniese de fuera.

               Pero, no. La salvación viene de dentro, tan de dentro que es el hombre su protagonista primordial y quien muestra una idoneidad fundamental para realizarla y colaborar con Dios, el cual la ha depositado en  él. Porque el hombre es  y está salvado por el Dios Creador quien, además, se ha interesado en potenciar y asegurar esa salvación, mediante el envío de su Hijo,  sólo que ese hombre, ha sido  constituido en prototipo de la salvación humana y, por lo tanto, en camino para quienes quieran seguirle.          

             Conviene conjurar a este respecto dos peligros: uno,  el de creer que la salvación es extraña al hombre ; y  dos, el de creer que reside en otros lugares, medios o personas que la administran. Este enfoque considera al hombre corrupto,  incapacitado para el bien, y le  obliga a confiar en  mediadores. Tal afirmación equivale a negar la validez sustancial de la obra creada por Dios y a no entender adecuadamente  el sentido de la Encarnación.

             Establecido este punto de vista, no es difícil ver cómo las religiones organizan su aparato de salvación, poniendo a disposición de quienes la buscan lugares, personas, medios y demás condiciones. Esta supuesta incapacidad personal para autosalvarse se colma transfiriendo poder y eficacia a los mediadores: ellos son sagrados, sagrados son los lugares donde actúan, sagrados son los medios que utilizan, sagrado es todo lo que ellos tocan  y, como consecuencia, profano es todo lo demás,  que  queda fuera, desprovisto de poder para salvar. 

             El mensaje de Jesús es, a este respecto, innovador: el poder salvador no está en el templo, ni en los sacrificios, ni en la ley, ni en los ritos. La salvación está en la persona, es ella el lugar sagrado por excelencia  y es  en su total orientación hacia el amor, la justicia y la verdad, donde se forja la salvación y consigue la unión con Dios.

            Los llamados “mediadores” lo son en otro sentido, en el de compartir desde abajo, con actitud de  igualdad, amor y servicio una búsqueda que es, sin duda, comunitaria.

            La división entre lo profano y lo sagrado, entre vida secular  diaria y vida sacra religiosa es artificial. No es así la realidad. La realidad es única, sacramento único, diafanía  manifestación del amor creador  de Dios. Y el único que puede darle sentido íntimo de totalidad es el hombre, ser libre  y responsable.

             La visión del Vaticano II es acorde con esta unidad: el Dios de Jesús no es Dios enemigo o distinto  del Dios creador;  la realización humana no tiene otro ámbito de actuación  que el propio de sí misma, desplegado  históricamente en todos los ámbitos  del quehacer humano; todos, sin excluir ninguno;  y desde dentro, a modo de fermento, iluminados y poseídos por el espíritu de Jesús.

             La visión dualista da preeminencia a lo ritual y no a lo personal; a lo cultual y no a lo civil y secular; a lo individual y no a lo social; a  lo externo e impuesto y no a lo interior y libre.      

             Yo creo que el enfoque está en superar un pertinaz dualismo, impropio del Evangelio, que nos ha llevado a plantear antagónicamente lo humano y lo cristiano. Lo humano estaría en el arrabal de lo perdido y lo cristiano en el cenit de lo  valioso,  con oferta de caminos y medios  para lograr  la plena salvación: “Fuera de la Iglesia  no hay salvación”, sería el lema.  Planteamiento dicotómico que transpira desconfianza  hacia lo humano y enaltecimiento de lo cristiano.

            Yo invito a ponderar el significado de este planteamiento que, ciertamente, fue superado en el concilio Vaticano II, y que nunca debiera haberse dado de haber seguido las pistas del Evangelio. Pero estoy tan convencido de su  enorme    influjo que me resulta difícil no descubrirlo en unas u otras dimensiones de la vida cristiana. El menosprecio del mundo, la fuga de la ciudad secular, la devaluación de los valores terrenos, la anulación de la persona, la subestima y desconfianza extrema en sí mismo, el ensalzamiento del autoritarismo y de la obediencia ciega, el repudio de la política y de la historia como lugar  para la siembra y crecimiento  del Reino de Dios, era una invitación a dimitir de esta vida, a desposeerse de sí mismo y entregar el asunto de la  propia salvación en manos de instancias externas, depositarias de esa  salvación  otorgada por Dios.

            Si la Iglesia era la administradora, en exclusiva, de esa salvación, quedaba asegurada triplemente una cosa: la veneración de ella como  transmisora  de la salvación divina, la dependencia de ella y el apartamiento desconfiado   de la realidad secular, como lugar del peligro y del pecado. En el fondo, una teología herética, nada católica, que negaba la bondad original de la obra de Dios, -del Dios Creador- como si nada tuviera que ver con la  obra  plenificadora del Dios histórico,  revelada en Jesús: “No he venido, diría Jesús,   a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento  (Mt, 5,17).

             Sería instructivo analizar toda una tarea de formación  ascética, espiritual y teológica donde se plasmaba este dualismo, y que reforzaba como consecuencia la sacralización del clero como mediador de la salvación y  fomentaba un estilo de vida cristiano que se exilaba de los compromisos de la tierra y la historia. Sólo desde esta premisa, puede uno explicarse la fuerte y agresiva reviviscencia que en nuestros días parece mostrar esta espiritualidad dualista, que añora la hegemonía de una  Iglesia clerical y de una comunidad cristiana pasiva y despersonalizada.

            Han pasado  40 años después  del concilio, pero las raíces viejas no se han cambiado ni se han visto  sustituidas por la energía  y savia de otras nuevas.

Esta es precisamente la reyerta que hoy, paradójicamente, asoma  y lanza sus últimas embestidas frente a un mundo adulto que demanda una Iglesia renovada, sin abdicar jamás de la dignidad, libertad y ética naturales.

 

4. ¿Qué es una sociedad laica?

            Laico, hemos dicho,  viene de laos, que significa pueblo; laico, miembro del pueblo, o diríamos hoy ciudadano. Laico: sujeto que ostenta capacidad y cualidades para vivir en comunidad, merced precisamente a que, en su naturaleza racional se reconoce idéntico a otros muchos. Ese sujeto es la persona. Porque la persona es constitutivamente laica,  convivencial, comunitaria.

            La condición de persona  es sustantiva a todo ser humano, es universal  y es anterior y superior a cualquier otra denominación particular. Todo sujeto blanco o negro, asiático o europeo, creyente o ateo,  son laicos, ciudadanos, pero no todos los ciudadanos son blancos o negros, asiáticos o europeos, creyentes o ateos. Lo común a todos ellos es su condición humana, su naturaleza, que les permite reconocerse idénticos, comunicarse y establecer   fundamentos y normas universales para una  convivencia humana, compartida y ratificada por todos.

            La condición laica es propia de la  ciudad humana , que está hecha de ciudadanos, con proyección y vocación universal, porque  la ciudadanía es un propio de la persona y la persona es universal.

           La Carta Universal de los Derechos Humanos , del año 1948, ratificada por todas las Naciones, dice: “La libertad, la justicia  y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento  de la dignidad intrínseca  y de los derechos iguales e inalienables  de todos los miembros de la familia humana” (Preámbulo).

 

Laico, laicidad y laicismo

          El hecho de ser laico  hace que  toda persona, en cualquier parte del mundo,  pueda hacer valer su laicidad, su condición de ser humano, como sujeto de valores y derechos universales. La laicidad es tan universal como lo es la persona misma. Y esta no se circunscribe a ningún lugar, raza, ideología, territorio o religión. La laicidad, como derivada de la persona, es la patria universal de todo ser humano. Nadie, por tanto, en virtud de una ideología, raza o religión, puede ser desatendido, postergado o discriminado. La dignidad de cada ser humano es singular y común, es decir, individual y universal en cuanto compartida por todos.

           La palabra laicismo es ya una manera concreta de interpretar la laicidad. Y, así, hay interpretaciones que, por un determinado contexto histórico, conciben el laicismo como movimiento y filosofía que rechaza toda presencia y actuación de la religión en la sociedad. Es una interpretación, que tiene origen y explicación histórica, seguramente como intento de acabar con la usurpación que, indebidamente, hicieron las religiones sobre el valor de la laicidad. Pero, la laicidad  no tiene por qué  ser negadora o excluyente de la religión, aunque sí de las injustas  intromisiones, abusos o complicidades de las religiones.

          La laicidad  no niega el hecho religioso en cuanto tal,  no lo excluye, pero sí excluye que se lo pueda interpretar e imponer unilateral y coactivamente. En una convivencia laica, ciudadana, hay derechos que deben ser respetados por todos. Y el derecho a obrar conforme a la propia conciencia, manifestándose creyente o ateo, es uno de esos derechos que deben ser reconocidos a todos y por todos. Un creyente o un  ateo no tienen por qué  impedir una justa y pacífica convivencia. La impedirán   un mal creyente o un mal ateo.

 

5. Creyentes y ateos unidos en una fe común

             La experiencia moderna nos ha mostrado que, referente a la religión, creyentes y ateos, debemos dejar a un lado los prejuicios y dogmatismos. La crítica moderna a la religión ha ayudado seguramente a emancipar al hombre,  a liberar a la teología de una lenguaje precientífico y mitológico, a recuperar la dignidad de la persona humana, a no legitimar  nunca más, en nombre de Dios, la humillación y esclavitud del  hombre.

             Pero, a su vez,  una tendencia cientifista moderna ha pretendido suplantar el puesto de la religión por la sola razón. So pretexto de  excluir determinadas alienaciones religiosas históricas, ha incurrido en la alienación metafísica  de negar la religiosidad del hombre, de volverlo ateo a la fuerza y de hacer del ateísmo una praxis confesional  y política.

            Son muchos  todavía  los ateos que consideran que su condición es incompatible con el cristianismo y muchos los cristianos que consideran que  su fe es incompatible con el socialismo, no así con el capitalismo.

            Desde una visión antropológica estructural, creo que no se puede sostener que la religión es una realidad  extrañamente autónoma, sin conexión con las otras dimensiones de la vida o que es un simple reflejo de los factores económicos. La religión puede ser opio o puede ser  dynamis transformadora, dependiendo de si se la vive como elemento utópico y subversivo o como elemento conformista y legitimador del orden establecido.

La fe cristiana es la que hace que este mundo sea tal  sin  la “hipótesis de Dios”.  Dios no es una especie de seguro contra todas las calamidades e impotencias del hombre.  Ese Dios es al que se aferra una cierta religiosidad , impidiendo que el hombre afronte sus propios riesgos e impulse su propia maduración. Ese Dios es el que ha intervenido constantemente como rival y opositor del crecimiento del hombre.  Reducir la presencia de Dios  a los “espacios de miseria”  es falsear la relación Dios-hombre, la cual debe estar presente en la totalidad de la vida  y no sólo en la marginalidad de la miseria. Si en la vida existen “espacios de miseria” están para que el hombre los remedie y no para que el hombre se aproveche de ellos  para hacer un sitio a Dios  a base de la promesa  de un remedio para ellos en la otra vida.

                  Nosotros no creemos en un Dios que necesita de la debilidad humana  como medio  para afirmarse a sí mismo. El Dios verdadero sólo se afirma en la afirmación del hombre.

 

 

6. Rebelión y llegada de la modernidad

            Se ha dicho, y creo que con razón, que la laicidad es una consecuencia de la modernidad. Y es que la modernidad arranca de una cierta protesta contra las religiones,   las cuales demasiadas veces atentaron contra la condición natural del ser humano,  su dignidad y derechos.

            En nombre de Dios, de la Religión, de la Patria, se han cometido enormes atropellos de la persona. La modernidad más que contra Dios se alza contra la utilización blasfema que de El se ha hecho, habiendo justificado en su nombre la negación del protagonismo, de la creatividad , de la autonomía y de la libertad del hombre. Por defender los derechos de las religiones,  se han negado demasiadas veces los derechos de la persona.

           Esta visión imperialista de la religión es la que hace que estalle en la conciencia moderna la reivindicación de la  laicidad, negándose a que lo mundano y humano sea postergado y desvirtuado a expensas de lo cristiano. “Cristiano y humano escribía T. De Chardin, tienden a no coincidir; he aquí el gran cisma que amenaza a la Iglesia”.  Y el teólogo protestante J. Moltman escribía: “Si la modernidad ha convertido al hombre en palabra iconoclasta contra Dios, es porque el Dios auténtico se ha convertido en palabra iconoclasta contra el hombre”.

            Arrastramos, por tanto, desde Trento hasta el Vaticano II, una mentalidad eclesiástica antimoderna, contraria a la laicidad.

 

7. La entrada en un mundo adulto

              Con la llegada de la modernidad se inicia la entrada en un mundo adulto.  Mundo adulto significa  aquí que la humanidad traspone el umbral de la infancia y adolescencia para encaminarse hacia la mayoría de edad. Paradójicamente, la jerarquía  católica viene ejerciendo todavía una función de paternalismo paralizante en  este proceso.

               El cambio histórico de la modernidad, aplicado a la Iglesia, requiere una nueva relación de convivencia basada en la igualdad y que se expresa en la democracia. La actual estructura autoritaria de la Iglesia es residuo de modelos mundanos  y contradice la enseñanza apostólica y la tradición.

               La modernidad  exige también una nueva relación con Dios, el cual en lugar de afirmarse a base de explotar los límites de la debilidad e impotencia humanas, aparece sustentando toda la talla del ser humano, dejándole actuar en todo  lo que es, por sí  y ante sí. El concilio reconoce que la religión, demasiadas veces, se ha convertido en opio  al impedir la realización del ser humano y ocultar el rostro genuino de Dios.

               Hacer profesión de ateísmo o, lo que es lo mismo, expulsar  tantos dioses falsos, es condición saludable para preservar la fe y la madurez humana: “Son muchos los que imaginan un Dios que nada tiene que ver con el Dios de Jesús” (GS, 19).

            Las características mayores de la modernidad son el paso de una concepción mítica del mundo a otra científica,  de una sociedad desigual a otro igual, y  de una sociedad sacralmente tutelada a otra civilmente autónoma.

            En ese mundo emerge la laicidad como reclamo de independencia frente  a  las sociedades teocráticas, donde la condición de ciudadano va unida a la de religioso y la de  lo civil  a lo religioso. La laicidad surge como polo de afirmación frente a sociedades sacralizadas  o muy tuteladas por el poder religioso. 

 

8. Laicidad, Bien Común y Poder político

                La laicidad, resulta así ser base, ámbito y referente de la apolítica de todo Estado, que se precie ser gestor del Bien Común, pues el Bien Común es la coordinación del bien de todas las personas, en uno u otro lugar , de una u otra  parte, de una religión  u otra, se t<rate de ciudadanos creyentes o ateos. Los ciudadanos incluyen, como personas, una ética natural, que se enuncia válida para todos y  que los Estados deben manejar sensatamente  para articular la convivencia.

              Las religiones podrán enunciar creencias, principios, promesas, programas de futuro y felicidad que, a lo mejor, no figuran en el programa básico de la  ética civil. Podrán inculcarlo a sus seguidores y ofrecerlo a cuantos lo deseen conocer, pero jamás imponerlo y mucho menos hacerlo valer contraviniendo la dignidad  y derechos de la persona. La persona es el terreno firme,  más allá del cual no puede ir el Estado, la Religión ni  Ideología alguna. 

             Desde esta perspectiva, resulta anacrónica toda posición que pretenda  basarse en un imperialismo religioso  ( sumisión  del poder temporal al religioso) o sobre un fundamentalismo de Estado, que no respete el hecho religioso, tal como aparece en cada una de las religiones.

            A quien se apoye en el pensamiento y espíritu del Vaticano II, le resultará fácil proponer que es tarea del Estado establecer una legislación sobre  la enseñanza de la religión en la escuela, la ayuda económica estatal a la Iglesia católica, el aborto, el divorcio,  las convivencias homosexuales, la investigación sobre las células madre embrionarias, y otras cuestiones, a la  escucha de lo que la experiencia, la ciencia, la filosofía y la ética consideren más conforme y respetuoso con esas realidades.

            De ahí brotan precisamente unas normas que pueden resultar válidas y vinculantes para todos, porque tratan de recoger y expresar la dignidad, los valores, los  derechos y deberes de todos. Es la experiencia humana común, la  ciencia común,  la ética común, la sabiduría común, la ley común,   la que todos podemos profesar resultándonos inteligible, congruente y coherente con nuestro modo de ser. Una ética común, de consenso universal y de obligatoriedad universal. Tal comunidad de experiencia, de valores y  de ética,  dimana de la persona humana. La persona es el pilar de la laicidad.

                La persona es el referente básico  para el estudio, la comprensión y la legislación de todo poder público. El Estado no tiene más misión que promover, respetar  y asegurar los bienes de la persona, sus derechos y dignidad. Y personas somos todos. Y personas somos los que constituimos  las comunidades políticas.

                Pero no todos somos creyentes, o no lo somos según un único credo. Las religiones también nacen de la persona, y como todas las cosas humanas pueden ser buenas o malas, servir para humanizar o degradar, liberar o reprimir, alienar  o transformar. Pero la religiosidad no es expresión única ni unívoca en el mundo de las personas, ni lo es en el mundo de las comunidades civiles.

              Y, además, todas las religiones, para ser verdaderas,   deben comenzar por hacer profesión de fe en la dignidad humana y sus derechos, y comprometerse a no apartarse de esa fe, común a todos. El Estado, que atiende al Bien Común, no puede legislar para todos guiándose por la perspectiva particular y diferenciada de cada una de las religiones, sino que debe guiarse por la perspectiva universal de la dignidad de la persona. Ya esa dignidad tiene un nombre común, que es la Carta Universal de los Derechos Humanos.

              Entonces, una convivencia justa, basada en el respeto, igualdad y libertad de todos, tienen que regularse por un Ordenamiento Jurídico que sea fiel a esa dignidad y derechos de la persona. ¿Cómo llevar a cabo el respeto por esa dignidad y cómo lograr una solución satisfactoria  para cuantas situaciones plantea la persona en la convivencia?

           Pienso que es éste el desafío que la laicidad plantea a todo poder político.

            Por supuesto, las Iglesias tienen derecho a aportar su experiencia y sabiduría, sus luces y propuestas, pues al fin y al cabo también ellas beben del pozo profundo de la humanidad.  Sobre esa sabiduría común y compartida, podrán añadir, si la tienen, otra sabiduría, la peculiar de su religión, pero no pueden aspirar a que sea considerada como obligatoria para todos a nivel de ley. Es una oferta gratuita, nunca antihumana, que podrá ser aceptada libremente por cuantos quieran. Su doctrina particular puede entrar en colisión con alguno o algunos puntos de lo que hemos llamado ética o legislación común, pero el Estado tiene que hacer valer aquello que es ley común por consenso mayoritario dentro de la comunidad civil.

 

9. La laicidad es profundamente cristiana

            Quiero ahora referirme críticamente a dos aspectos  comentados en nuestros días.

Primero:  “La perspectiva principal del problema está en que los católicos deben marcar su diferencia, es decir,  hacer valer su identidad  frente a creyentes  de otras religiones, pues el peligro está en la mezcla e indiferenciación”.

            El concilio Vaticano II dio un giro de 90 grados en lo referente a la relación de la Iglesia con el mundo. Se trataba de aproximar, comprender, dialogar, colaborar, reconocer que,  por encima de los  rasgos  que nos diferencian, hay una realidad humana que nos identifica y  constituye en lazos de universal unidad y comunión.

              La Iglesia no es una comunidad  aparte, una sociedad perfecta,  que  detenta en exclusividad el monopolio de los valores humanos  (justicia, libertad, igualdad, solidaridad, responsabilidad, ética natural...) y los caminos y medios que llevan a la perfección y salvación del ser humano. Las instituciones humanas, creadas por el hombre,  son beneméritas, proceden en última instancia (para los que creemos) de Dios, aun cuando la mayor parte de ellas no tenga asiento explícito en el Evangelio. El Dios de Jesús es el Dios creador, sin antagonismos. Por eso, yo, creyente cristiano, incluyo en mi fe como artículo fundamental, la fe en el hombre, en su dignidad y derechos. Mi ser cristiano comienza por ser persona. Y en mi ser cristiano mi ser persona subsiste y permanece en toda extensión y radicalidad. Una fe al margen o en contra de la persona es falsa. Los valores de la persona son valores intrínsecos del cristiano, aun cuando en el seguimiento de Jesús se alargue su visión y compromiso a otros horizontes.

               Estoy, pues, no por la acentuación de lo que nos diferencia sino por lo que nos identifica y une.  Las diferencias, con ser importantes, pasan a un segundo plano cuando todos (creyentes y ateos) podemos y debemos unirnos en las grandes causas de la justicia, de la liberación y de la paz. Cada uno es libre para ser ateo o creyente, pero todos como personas y ciudadanos nos  embarcamos en una tarea común, estrechando una fe, una utopía y una esperanza en la común  dignidad humana y en su destino.

               Mi fe cristiana no hace sino asumir esa responsabilidad histórica, realzarla, potenciarla y  estimularla con nuevas  motivaciones. Pero, nunca disminuirla o anularla. También nosotros somos promotores del hombre y nos sentimos a gusto en la humanidad, en la laicidad, compartiendo con  todos unas tareas, un desarrollo y un futuro que nos incumbe a todos. En todo caso, conviene señalar que, por debajo de ese intento de subrayar la diferencia, hay un empeño por recuperar una hegemonía de otros tiempos, afortunadamente perdida.

              La laicidad, aplicada  a todos los seres humanos, es lo más revolucionario, una revolución universal, que es la que ahora necesitamos, si queremos que este planeta no naufrague. Y con el mismo gozo que afirmo mi condición de ser humano , viajero con todos los ciudadanos del mundo, mantengo mi fe en el Evangelio de Jesús que, para mí, representa   una oferta de realización humana, gratuita y libre, que  abre nuevos  horizontes para la plenitud humana.

 

              Segundo: La obra primaria de la Creación  es la persona y nadie en este mundo está por encima de ella en el sentido de que pueda proceder contra su dignidad o derechos. El respeto a la persona y la promoción de sus derechos es el principio que debe guiar la actuación de todos los Estados, también del Estado del  Vaticano. Y las comunidades civiles o políticas son comunidades de personas, a cuyo bien se subordina la misión de los Estados. Ningún Estado está por encima de la comunidad de personas o puede entenderse al margen de ellas.

 

10. Recomponer la unidad escindida: concilio Vaticano II

            Precisamente  los católicos debemos recordar que el Vaticano II, y no la desentonada voz de algún que otro obispo, ofrece  pautas que sirven para resolver este contencioso histórico. El concilio inauguró un  nuevo talante, que pasaba de la arrogancia y anatema, al diálogo y colaboración. Enseñó que el Reino de Dios –que es universal- no se identifica con la Iglesia católica, sino que opera en todo tiempo y en toda cultura, y que  pueden encontrarse  gérmenes , signos y realizaciones del mismo en todo lugar donde se encuentra la vida del hombre.

             Por otra parte, no hay ya dos vidas o dos historias paralelas: una profana y otra sagrada. Ese es un ardid de toda institución religiosa para justificar y hacer valer su poder, en el terreno más íntimo de  las conciencias, en nombre precisamente de Dios.

            Hay un nuevo pensamiento católico que nos hace rechazar perspectivas, actitudes y procedimientos de católicos que no concuerdan con las aspiraciones  de nuestra época ni con el Evangelio.

            Yo me atengo al espíritu del Vaticano II que reclama que la Iglesia  católica “no ponga su esperanza en privilegios concedidos  por el poder civil, renunciando incluso al ejercicio de ciertos derechos  legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso  puede empañar la pureza de su testimonio  o las nuevas condiciones  de vida exijan otra disposición” (GS, 76).

 

11. Mi actuación cristiana en una sociedad laica

           Teniendo en cuenta todo lo que he dicho, es fácil deducir los elementos que deben configurar la actuación de un católico en una sociedad laica.

           La conducta de la persona se guía por principios, criterios y opciones en situaciones concretas. Siempre al decidir precede el percibir, el analizar y el valorar los elementos de una  cuestión. Si yo decido ahora actuar de una determinada manera en  una sociedad laica, y no de otra,  es porque estoy imbuido por una determinada visión de la laicidad. Nadie procede al azar o ciegamente.

          Desde los presupuestos desarrollados, yo me atrevería a formular los siguientes criterios como propios de una  actuación cristiana en una sociedad laica:

 

1.      No se puede seguir manteniendo una división antagónica entre el mundo creado y el mundo revelado, el mundo de la razón y el mundo de la fe, la historia humana y la historia de la salvación. La vida, la historia y la salvación son únicas y unitarias, aunque dentro de ellas crezcan dialécticamente el trigo y la cizaña. No hay más que u n sujeto de salvación, la persona, con el que es preciso contar como agente primero y primordial. Jesús , el hombre por excelencia, se hizo uno de nosotros, vivió a fondo nuestra humanidad, se apasionó por la implantación del Reino de Dios en este mundo,  se decantó a favor de los pobres y mostró que esa humanidad, originariamente buena, alcanzaba un destino de plenitud y resurrección, que superaba todo cálculo humano.

2.      Se tenga o no fe, la realidad humana es portadora de dignidad, significación y sentido humano. Tal significado y sentido es consistente,  con fundamentación en Dios para los que  creemos. Pero no se necesita fe explícita en Dios para que ese significado sea real, inviolable y merezca todo reconocimiento. Ninguna fe, so pretexto de defender a Dios, puede impugnar esa dignidad humana, rebajarla, o anularla. Más, toda fe tiene obligación de incluir en su credo la proclamación de la dignidad humana y sus derechos. La unitariedad del proyecto salvífico hace que Dios y el hombre, la razón y la fe se den la mano y caminen estrechamente unidos, sin negarse nunca. La negación ocurrirá cuando  la fe es falsa o es falsa la razón.

3.      La tarea evangelizadora del cristiano comenzará por anunciar y defender aquello que es lo más importante y lo más importante  es lo que es común a todos. Nos hemos dedicado por mucho tiempo a anunciar y construir sobre nuestras diferencias y no a construir sobre lo que nos es común. Construyendo sobre lo común es como únicamente edificaremos sólidamente la convivencia, pues ella reposará sobre los pilares seguros de la dignidad humana y derechos humanos universales.

4.      El progreso vendrá, primero de todo, de este acuerdo, esfuerzo y  lucha común. Y ese acuerdo común arranca de la justicia, la libertad, la democracia, los derechos humanos, el amor y la paz  como obra de todos, y también como obra de todas y de cada una de las religiones. Primero alcanzar eso:  la igualdad, el respeto, la justicia,  la cooperación que hagan posible un nivel de vida digno para todos.

5.      Las religiones renunciarán a todo monopolio ético, como si sólo ellas fueran depositarias de la salvación y únicas  intérpretes de  lo verdaderamente humano. Podrán ofrecer, anunciar y defender   la especificidad de sus propuestas, como un plus para la perfección y felicidad humanas, pero  si n negar o  infravalorar la valía de las propuestas humanas.

6.      El actuar del cristiano se mostrará tal en la medida en que se afane por  preparar, inspirar, impulsar y configurar  las realidades humanas de acuerdo con los valores básicos de la dignidad humana y los más directos y específicos del Evangelio. Trabajará como el primero  para que la ciudad humana, la convivencia, sea un reflejo de los postulados  de la ética, de la razón y del derecho, sabiendo que en esa baza se construye también el Reino de Dios y es por donde hay que avanzar hasta lograr  la plenitud humana. El Evangelio será creíble en tanto en cuanto humanice al hombre, lo dignifique, lo libere y se muestre insobornable con la dignidad y derechos que le son inalienables.

 

Epílogo

En el Vaticano II hay un retorno al Evangelio,  la conciencia eclesial trató de sacudirse  todo polvo imperial, presentando a la Iglesia como Pueblo de Dios –todos hermanos e iguales- y a la jerarquía enteramente al servicio de ese Pueblo.

 Pero, los cambios no sobrevienen rápidamente, por más que hayan pasado  40 años. Surgen ahora, otra vez, voces que reclaman ese puesto central que la Iglesia ha ocupado en la historia, confiriéndole hegemonía y autoridad en asuntos importantes como el divorcio, aborto, modelos de familia, etc., un nuevo  imperialismo que les llevaría a hablar “en nombre de Dios”.

Afortunadamente, el concilio  Vaticano II está ahí marcando un nuevo humanismo, un nuevo estilo y unas   nuevas pautas como consecuencia de un nuevo magisterio.

 

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            El  programa electoral del PSOE dice literalmente:

 

                          1.“Nuestro programa comprende el compromiso con la igualdad de  derechos entre hombres y mujeres, el reforzamiento de los instrumentos multilaterales de promoción y defensa de los derechos humanos, pues estos son el fundamento del sistema de libertades sobre el que descansa nuestro orden constitucional. Los derechos humanos deben conformar toda la actuación de los poderes públicos” – “La garantía efectiva de los  principios de libertad e igualdad, que forman parte de los fundamentos de la Unión Europea, no pueden tener lugar sin el respaldo  a los derechos humanaos de carácter cívico, económico y social consagrados en los Tratados”.

                          2. “ En el ejercicio de su libertad un número creciente de ciudadanos viene organizando su vida personal y familiar  conforme a fórmulas y con aspiraciones que merecen reconocimiento jurídico y protección suficiente para asegurar la igualdad de todos los españoles que la Constitución garantiza” – “Trataremos de asegurar iguales derechos e iguales oportunidades para todos.  Esto significa ayudar y favorecer los que más lo necesitan”

                    3. “El socialismo ha sido y es una lucha contra la injusticia. Una pasión por la igualdad de los seres humanos. Herederos de ilustrados y humanistas, construiremos la democracia y los derechos humanos para las personas , con independencia de su condición , por el mero hecho de serlo,  por su condición de ciudadanos. El socialismo ha sido constructor de una sociedad  que protege a los desiguales, que favorece a los discriminados, que distribuye la riqueza generada entre todos, que procura la cohesión social , que genera solidaridad”.

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                        4.Elaboraremos una nueva ley integral sobre violencia de   género.- Una nueva ley sobre reproducción asistida.-Modificaremos el código civil a fin de posibilitar el matrimonio entre personas del mismo sexo y el ejercicio de cuantos derechos conlleva, en igualdad de condiciones con otras formas de matrimonio , para asegurar la plena equiparación legal y social de lesbianas y gays.-Presentaremos una regulación que sirva de marco legal a las      parejas que quieran formalizar su convivencia  por la via del Registro de Parejas de Hecho. Reformaremos la Ley General de Seguridad Social  para incorporar el reconocimiento del derecho a prestaciones a favor de los miembros de las parejas de hecho registrables.-Agilizaremos los procesos de separación y divorcio, suprimiendo el divorcio causal  y permitiendo el acceso directo al divorcio sin necesidad de previa separación , garantizando en todo momento los derechos fundamentales , especialmente el derecho a vivir sin violencia en el ámbito familiar.-Promoveremos la creación  de una Comisión en el Congreso de los Diputados  que permita debatir sobre el derecho a la eutanasia  y a una muerte digna, los aspectos relativos a su despenalización, el derecho a recibir cuidados paliativos y el desarrollo de tratamiento del dolor -.

            Tenemos pues que el Gobierno   habla de incorporar a nuestro ordenamiento jurídico una serie de realidades que no están contempladas todavía en nuestro ordenamiento jurídico, merecen un estudio, hecho en el seno de la ciudadanía y del ámbito social y político. Alguna de esas leyes ha sido ya aprobadas y otras están en proceso de elaboración  conforme a las reglas de un Estado de Derecho. Ni en la ley aprobada ni en las otras sometidas a  estudio,  encuentro que se den  aspectos  que contengan muestras de ofensa, marginación o persecución de la Iglesia Católica.

            Las cuestiones referentes a la enseñanza de la Religión en la Escuela , el Gobierno las revisa y suspende la  Disposición Segunda Adicional de la LOCE, dejando la religión como asignatura optativa y sin ninguna otra alternativa obligatoria.

 

 

Benjamín Forcano                       Valladolid, 28 de Octubre de 2007