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La teología puede sumarse al movimiento de diálogo interdisciplinar
de la bioética, búsqueda común de valores, pero sin arrogarse el derecho de
intromisión para dictar normas de moralidad de la sociedad civil. La bioética
puede sumarse al movimiento de diálogo interreligioso, que se está llevando a
cabo en la teología, para ayudar a transformar, a la vista de nuevos datos,
algunos de sus paradigmas y conclusiones; pero sin imponer exclusivamente
interpretaciones de sentido sobre la vida y la muerte, el dolor, la salud o la
enfermedad.
En el contexto de la sociedad plural y secular, las personas creyentes
pueden participar en la conversación pública sobre bioética, conjugando su
propia fe con el talante de diálogo en medio de situaciones interculturales e
interreligiosas.
1. Nos sumamos al movimiento de diálogo interdisciplinar
de la bioética como conversación pública para buscar en común respuestas a los
retos que plantea el cuidado de la vida en la era biotecnológica.
2. Para converger en una ética auténticamente global nos ponemos a la
escucha de perspectivas diferentes mediante el diálogo intercultural.
3. Esperamos de la diversas religiones que se sumen
a esta búsqueda en común de valores de cara al futuro de la vida y de la
humanidad. Respetaremos la pluralidad, sumándonos a la búsqueda común de
convergencias en valores para garantizar responsablemente el futuro de la vida
y la humanidad.
4. Las actitudes aprendidas en el evangelio de Jesús nos motivan
especialmente para apoyar una ética de la gratitud responsable, preocupada por
el cuidado de toda vida. Proponemos, sin imponerlas, alternativas para el
cuidado de la vida desde la perspectiva del evangelio de Jesús, con tal de
hacerlo en el momento oportuno y con tolerancia constructiva. Pero al
contribuir a un diálogo plural desde las perspectivas evangélicas, no
concentraremos la aportación de esta tradición en citas de documentos
eclesiásticos oficiales.
5. La acogida responsable del proceso humano de nacer ha de realizarse en el
marco del respeto a la dignidad y derechos de la mujer en lo relativo a la reproducción.
Reconoceremos la necesidad de revisar a fondo la propia tradición por lo que se
refiere a los enfoques sobre género, sexo y relaciones humanas, para superar
los límites de una teología demasiado condicionada por pesimismos,
maniqueísmos, estoicismos o puritanismos.
6. El acompañamiento responsable del proceso humano de morir incluye el
respeto de decidir como vivir la fase final de este proceso digna y
autónomamente. Haremos por redescubrir y reapreciar elementos olvidados de la
propia tradición terapéutica corpóreo-espiritual; por ejemplo, asumir la muerte
y tomar autónomamente las riendas del proceso de morir. Pero tendremos
presentes las deficiencias de la propia tradición por lo que se refiere a las
escisiones dualistas entre el ser humano y la naturales
o entre lo corporal y lo psíquico; para poder recrear una teología de la
creación capaz de valorar y liberar la tierra, el cuerpo y la vida.
7. No se debe hacer un ídolo del dolor, hay que fomentar su alivio y
asegurar el acceso por igual a los cuidados paliativos.
8. Es responsabilidad ética apoyar la investigación científica para curar,
mejorar y proteger la calidad del vivir. Reconoceremos la necesidad de soltar
lastre de la propia tradición, para que no naufrague una teología que durante
demasiado tiempo ha minusvalorado la tecnociencia.
9. Admirando y agradeciendo los avances científicos, fomentaremos las
aplicaciones de la investigación al servicio de lo terapéutico. Pero el cuidado
de la vida ha de extenderse al conjunto de los vivientes y ecosistemas.
10. El cuidado de la vida ha de incluir también la responsabilidad hacia las
generaciones futuras. Por eso tendremos siempre las preguntas motrices del
movimiento bioético: “¿Es responsable y merece la pena hacerse cuanto puede
técnicamente hacerse? ¿Para beneficio de quiénes serán los logros?” Así,
enfocaremos cualquier problema bioético, captando su aspecto de problema
social.
Madrid, 10 de septiembre de 2006