'A PROPOSITO DE LA POLÉMICA ACTUAL CON EL GOBIERNO'
Declaración
IGLESIA DE BASE DE MADRID
MADRID.
Como no ocurría hace tiempo, se ha comenzado a hacer pública una alarma:
el Gobierno actual estaría atacando a la Iglesia católica. Esta actuación del Gobierno
sería arbitraria e inmoral y, por lo mismo, hay que protestar y rechazarla. Unos
católicos perciben la situación actual así, como una intromisión y agresión del
Gobierno socialista, cierran filas con sus obispos y están dispuestos a oponerse a sus
medidas con diversas acciones. Otros católicos ven bien las medidas del gobierno, tachan
a estos católicos de reaccionarios y nostálgicos, de querer volver a tiempos anteriores,
defendiendo privilegios innecesarios y anacrónicos de la Iglesia católica, y de haber
callado y no hecho nada ante acciones mucho más graves del Gobierno anterior. El resto de
los ciudadanos, muchos por lo menos, se indignan por las protestas de la Iglesia
católica, pues no ven en ellas sino la voluntad de seguir doblegando a sus normas al
poder político, y de preservar la situación de privilegio que siempre ha tenido.
¿Podemos aducir razones que nos muestren de qué parte está la verdad en este caso?
Nosotros pensamos que el Gobierno socialista prometió en su programa electoral incorporar
a nuestro ordenamiento jurídico una serie de realidades sociales que no estaban
contempladas ni reguladas por la ley, tales la violencia ejercida sobre la mujer, la
convivencia de personas homosexuales, la agilización de los casos de divorcio, el aborto,
etc. Se trata de personas o ciudadanos que viven situaciones reales y que exigen se les de
una respuesta desde la ley, reconociéndoles los derechos que les correspondan. Los
derechos humanos son precisamente el fundamento de nuestro sistema constitucional. Y es
deber del Estado velar y promover el cumplimiento de esos derechos y lograr una
legislación que los haga efectivos para todos, sin discriminación.
Dentro de la Iglesia católica hay posiciones diversas: unas que concuerdan con las
tomadas por el Gobierno y otras que no. Existe también la posición de otras Iglesias y
la de otros ciudadanos que declaran no pertenecer a ninguna Iglesia o ser ateos.
El Estado, como aconfesional que es, tiene que atender a esta pluralidad y diversidad de
posiciones, tratando de no identificar su legislación con las preferencias, creencias o
principios de una de estas posiciones. Debe legislar mirando al hecho común que une e
identifica a todas como portadoras de una misma realidad: la dignidad humana y sus
derechos. Ahí, coinciden todas y todos, hay un común denominador que engloba a todos y
que, respetándolo, hace posible un justo Derecho y una pacífica Convivencia.
Las realidades de orden humano y social, que trata de incorporar al ordenamiento jurídico
el Gobierno actual, pertenecen a este nivel y debe abordarlas de acuerdo con lo que dicta
la búsqueda y experiencia humanas, la ética, la filosofía y las ciencias humanas. Un
enfoque epistemológico que sea comprensible y aceptado por todos. Sin privilegios ni
discriminación para nadie.
Tal enfoque no presupone marginación o limitación de los derechos de ninguna religión,
y menos de la Católica, sino establecer una derecho básico, válido para todos. Sobre
esa base, cada religión es libre de ofrecer su credo particular y asegurarlo con los
medios a su alcance, en los espacios y momentos que considere más oportunos. Pero esa
oferta, deberá hacerse salvaguardando el derecho de todos, sin menoscabo, discriminación
o coacción de nadie. Y esa es la misión del Estado, que deberá llevarla a cabo en
atención directa a cada grupo y al más global de la sociedad.